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lunes, 4 de diciembre de 2006


La Renovación Carismática Católica en el pensamiento del Cardenal León Joseph Suenens.
(Por Matteo Calisi, Presidente de las Comunidades Carismáticas de Alianza de la R.C.C.)
(Publicado en el Boletín del ICCRS – Servicio Internacional de la Renovación Carismática- con sede en la Ciudad del Vaticano.

Este pequeño artículo intenta enfatizar aquellos aspectos del ministerio pastoral del Cardenal Suenens relacionados con su papel como enlace del Papa con la RCC mundial, tanto en tiempos de Pablo VI como de Juan Pablo II. Entre otras iniciativas en este área, el Cardenal Suenens comenzó una Consultoría Teológica y Pastoral que fue el punto de comienzo para desarrollar los famosos documentos de Malinas y que hemos descrito en anteriores números del Boletín de ICCRS.
Recientemente tuve el honor y la alegría en Buenos Aires de conocer al P. Carlos Aldunate s.j., uno de los famosos teólogos que trabajaron en los documentos de Malinas. Me informó que una de las preocupaciones principales del Cardenal Suenens
en esa época era que la Renovación se arriesgaba a no ser vista según su identidad y naturaleza, esto es como un impulso del Espíritu Santo capaz de renovar múltiples aspectos de la Iglesia. El Cardenal advertía a aquellos responsables en la Iglesia contra la tentación de transformar la Renovación Carismática en un “movimiento” entre otros muchos (cf Memorias y esperanzas, Veritas Publications, 1993 Cap. 6).
Las palabras del P. Aldunate volvieron a traer a mi mente otra convicción que el Padre Jesuita Paul Lebeau, teólogo privado del Cardenal Suenens, atribuía al Cardenal: la Renovación Carismática Católica ni es un “movimiento entre otros movimientos”, ni es “una manifestación exclusiva, que reemplaza a todo lo demás”, sino que es “una corriente de gracia que pasa llevando a una tensión consciente más alta la dimensión carismática inherente a la Iglesia” (Une nouvelle Pentecôte, pags. 108-109, en italiano Lo Spirito Santo, nostra speranza, Ed. Paoline, Rome 1975 y la Carta Pastoral del Episcopado Belga). Su propia fuerza dinámica lleva a la Renovación a disolverse, en lo que se refiere a movimiento distintivo, “como las aguas de un río que pierde su nombre cuando desemboca en el mar”. (Memorias y esperanzas, Cap. 6).
A la luz de tales afirmaciones, quizá no sea demasiado arriesgado pensar en una Renovación Carismática de la Iglesia, no sólo referido a un “movimiento eclesial” específico. Más bien, designaría, una corriente espiritual o “movimiento” de la Iglesia Católica, análogo a aquellos “ecuménicos”, “bíblicos”, “litúrgicos”, “monásticos”, y otros movimientos que proponen de nuevo en nuestros días el redescubrimiento de la persona del Espíritu Santo la actualidad de la doctrina y del uso de los carismas como
se indicaba en el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 12).
Esta dimensión carismática también existe -y muy notablemente fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica, en la mayoría de las confesiones cristianas. Es un acon- tecimiento espiritual muy prometedor en términos de buscar un avance mayor hacia la unidad cristiana. Hoy, más de 600 millones de creyentes de todas las denominaciones cristianas han experimentado la gracia del Bautismo en el Espíritu Santo (cf Oecuménisme et Renouveau Charismatique, Card. Léon J. Suenens). Por esta razón la Renovación Carismática no es y nunca será la prerrogativa de una élite o la propiedad exclusiva de un “movimiento apostólico” específico. Es una gracia que se encuentra en la Iglesia y es para todo el mundo que desea recibirla con un corazón sincero sin excepción alguna.
Esta preocupación alentó recientemente a otros dirigentes de la Iglesia a evitar la tentación de institucionalizar la experiencia carismática del “Bautismo en el Espíritu” en movimiento de la Iglesia específico, haciéndolo así accesible a cualquier cristiano y concordando con el pensamiento original del Cardenal Suenens. Algunas de estas consideraciones están recogidas en un libro llamado Reavivar la llama, elaborado en 1990 por la Comisión de Teólogos y Operarios Pastorales “The Heart of the Church” (El Corazón de la Iglesia) en Techny, Illinois, con el apoyo del Comité 'ad hoc' de Obispos para la Renovación Carismática; también aparecen en un libro escrito por el P. Filian McDonnell, osb y el P. George T. Montague llamado Iniciación cristiana y Bautismo en el Espíritu Santo: Testimonios de los primeros ocho siglos (The Liturgical Press, Collegeville, Minnesota, A Michael Glazier Book, 1991).
Durante mi estancia en Argentina el P. Aldunate también me dio una copia de un discurso del P. Peter-Hans Kolvenbach, Padre General de la Compañía de Jesús, dirigido a los jesuitas en la Renovación Carismática. En un pasaje, el P. Kolvenbach dice que para el Cardenal Suenens “su primer deseo para el Tercer Milenio era que se termine de hablar de la Renovación como un movimiento al lado de otros movimientos, y que aparece cómo la Iglesia encuentra en el soplo del Espíritu su fuente inacabable de luz y vida, de verdad y de amor. Si algunos en la Iglesia viven esta realidad más explícitamente, no es por constituir aparte una organización paralela de la Iglesia, sino
para manifestar lo que en el fondo es la misma y estar enteramente a su servicio. El Cardenal me decía a menudo de ver la manera de pensar de los altos responsables del la Iglesia, para quienes todo debe articularse y organizarse en “movimientos”.
Para subrayar mejor que la efusión del Espíritu tiene necesidad de irradiar en y para la Iglesia toda, él prefería en vez de la palabra carismático, según él demasiado estrecha y un poco ambigua, la palabra “pentecostal”, que evoca y promete la actualización del Espíritu en la Iglesia entera, carismas incluidos. Pero poco importa si el encuentro internacional de los carismáticos es todavía considerado y tratado como un movimiento entre otros. Más importante es el hecho que cristianos, y entre ellos jesuitas, dan testimonio de que este don se ha hecho para todos: la experiencia de revivir Pentecostés en su vigor y gratuidad, de recibir como nuevo este bautismo en el Espíritu Santo que no ha cesado de fundar y vivificar la Iglesia y de darle la verdadera vida en abundancia, Él, el Vivificador” (3 de mayo de 2000).
El peligro de la institucionalización excesiva del “movimiento” carismático fue discutido durante la última Reunión de Líderes Carismáticos, celebrada cerca de Roma el pasado mes de septiembre (y cuyos documentos serán publicados). El recientemente
creado Comité Teológico Internacional de ICCRS no dejará de reflejar este tema por el bien y por el futuro de la Renovación Carismática.
Los dirigentes carismáticos tienen la misma preocupación que Pablo VI cuando dijo: “¿Cómo entonces puede esta “renovación espiritual” ser otra cosa que una oportunidad para la Iglesia y para el mundo? Y, en ese caso, ¿cómo podemos dejar de
hacer todo lo que podamos para que siga siendo así?” (Discurso del Papa Pablo VI a la RCC con ocasión de la Tercera Asamblea Internacional de Dirigentes, Roma, 19 de mayo de 1975).
La experiencia mundial de hoy demuestra que la RCC es desde luego un “movimiento de la Iglesia” pero uno especial. No puede asociarse con los orígenes, la naturaleza, las estructuras que son propios de otros movimientos apostólicos en la Iglesia Católica, como se suele hacer referencia a ellos.
Un documento pastoral reciente de los Obispos de Canadá ha dejado esto muy claro: “Lo que es especialmente notable de la historia y crecimiento rápido de la Renovación Carismática, es la manera a la vez espontánea y sistemática en que surgió entre los fieles para convertirse muy rápidamente en un fenómeno espiritual nacional en la Iglesia Católica de Canadá. Esto es mucho más notable ya que la Renovación Carismática no debe su origen a algún fundador inspirado o figura carismática. No tiene listas de miembros y no está atada a estructuras internas o reglas.
La Renovación Carismática es sobre todo una asamblea diversa de fieles, grupos de oración, comunidades y actividades. Sin embargo todos comparten y persiguen las mismas metas, esto es, una conversión personal y continua a Jesucristo, una receptividad a la presencia, poder y dones del Espíritu Santo, un amor profundo por la Iglesia y su obra de evangelización, una fraternidad fuerte, y un celo gozoso por el Evangelio. Uno puede decir que la Renovación Carismática ha sido y sigue siendo la obra soberana de Dios, realizada a través del Espíritu Santo. Toca las vidas de hombres y mujeres de todos los estratos sociales, renueva su fe y reaviva en ellos un amor y un celo gozosos para servir a Dios y a su pueblo.
Estos fieles laicos, sacerdotes y religiosos se han dejado sorprender por Dios, conociendo la experiencia y acción del Espíritu Santo en sus vidas. Al revisar nuestra historia de 35 años de Renovación Carismática, conviene elevar nuestros corazones en acción de gracias por los muchos dones espirituales y bendiciones que ha traído a la vida de la Iglesia Católica en Canadá”. (Pentecostés 1993)
Más allá de cualquier explicación, lo que importa realmente es que la gente en este “movimiento” y muy especialmente sus dirigentes, tienen un equilibrio espiritual sano, que avanzan en un camino auténtico de santidad y manifiestan los dones del Espíritu (cf Gal 5, 22): ¡esta es la madurez eclesial! (cf Christifideles laici 1997)
Estamos agradecidos al Cardenal Suenens por mostrarle a la RCC el camino para su apostolado eclesial. Su herencia discernimiento espiritual, sabiduría pastoral, y autoridad teológica, que ICCRS ha atesorado en sus Estatutos aprobados por la Santa Sede en 1993, será siempre relevante.

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